
Imagínese Ud. Señor lector, nadie lo quiera, le roban en su casa. Inmediatamente se mueven todos los mecanismos de seguridad para solventar el atraco, y todos los policías le aseguran que le será devuelto todo lo que le fue sustraído, y que trabajaran arduamente para que esto suceda. Pero pasan los días y no hay avance visible. El criminal ya fue identificado y anda por la calle con sus pertenencias, haciendo uso descarado de sus bienes personales, pavoneándose y gritando a los cuatro vientos que lo robado es suyo. Los abogados del criminal ya se movieron por todo el país, blandiendo recursos “legales” (leguleyos) justificando que Ud. se merecía ser atracado y que se quede quieto por que si no, le cae la “ley” y puede ir preso. Hasta este momento ya todo le parecerá irracional, pura ficción, ya puede darse por enterado que esta en una novela de ciencia ficción o en la mente de algún enrevesado escritor de una muy mala película surrealista.
Pero cuando ya su capacidad de asombro no puede ser rebasada, un juzgado ad hoc, salido de la nada, nombrado por nadie, le dice que Ud. debe sentarse en una mesa de negociación con el criminal, como iguales, y que como en toda negociación, debe dar concesiones.Ud. probablemente es como yo, nunca aceptaría este travestismo. Ni siquiera se sentaría en una mesa de ese tipo, la mesa imposible.
Por eso mi asombro al ver que el Presidente Zelaya aceptó dicha mesa, una mesa donde no va a haber dialogo, donde las posiciones son irreconciliables, donde el mandatario depuesto se sienta con el criminal que lo depuso. Este increíble y disparatado enredo que se ha sacado de la manga Hillary Clinton no tiene pies ni cabeza, ni siquiera para el más ocurrente de los escritores del “realismo mágico” latinoamericano. Sus efectos son devastadores para la causa de Zelaya.
Lo que se propone la mesa “aérea” es darle tiempo, el recurso más escaso en este caso, para que Micheletti pueda parapetar sus elecciones payasas en menos de un mes, y dejar pasar las ilegalidades, la represión y los abusos de poder “debajo de la mesa”. Además le han dado lo que más quería el gobierno de facto, que es reconocimiento como iguales.
En efecto, el régimen de facto gano además del tiempo, el reconocimiento como igual en una mesa de negociación. Como igual. Es decir, que para los efectos prácticos, lo que no pudo conseguir Micheletti luego de más de dos semanas de barbarie, lo consiguió de manos del propio presidente Zelaya. El reconocimiento como interlocutor válido. Conversar de lo que sea en un escenario cualquiera ya es una concesión del tamaño de una casa de tres pisos para los usurpadores. ¿Quién sabe que saldrá de ese dialogo de sordos?
Es de una torpeza tal lo que acaba de ocurrir que no queda espacio para la racionalidad y solo se puede especular. ¿Qué mantiene al régimen de facto tan atornillado que ha hecho que Zelaya reculara de esta manera? Porque por mas que se nos presente el presidente en una retórica de confrontación, de no concesión, la aceptación de la mesa ha debilitado sus pretensiones de regresar al poder y ha dado alas a Micheletti para seguir en el mando.
¿Qué paso con el ALBA, la OEA, la comunidad internacional? Todo lo decidió ese tribunal ad hoc del cuento ¿Quién le dio el mandato a Hillary para decidir sobre lo que ya todos habíamos decidido, no se negociará con los golpistas? ¿Con que derecho? Los estadounidenses son los únicos que no han retirado a su embajador. Ya podemos especular por qué: para negociar con los golpistas y llegar a este resultado.
¿Qué pinta EE.UU. en este juego? Todo, todo lo pinta EE.UU., todo lo dirige tras bambalinas. No hay engaño posible. Con retórica han conseguido lo que la doctrina Bush, con toda su patanería no consiguió: que aceptemos como normal el golpe y que la solución deba ser consensuada entre criminal y victima. Y todos contentos. Todos callados esperando lo que no pasara (el regreso del legitimo presidente), y lo que si pasara es el tiempo hasta las elecciones maquilladas de democracia, maquilladas luego del rigor mortis de la institucionalidad hondureña, para ser enterrada de una vez por todas.
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